La religión cristiana

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La religión del Nuevo Testamento

Se calcula que los tres primeros evangelios fueron escritos probablemente entre los años 70 y 100 D.C., o sea, entre una y dos generaciones después de la muerte de Jesús. Datan entonces de una época en la que las enseñanzas de Jesús habían comenzado a cambiar y que al final terminó en la doctrina de la Trinidad y la Deidad de Jesús. Sin embargo, estos evangelios también muestran rastros de una creencia anterior muy sencilla, y que ya existía en la época de Jesús.

Para empezar no existe en estos tres primeros evangelios la más remota sugerencia de una doctrina de la Trinidad. Tal doctrina le hubiera parecido a Jesús o a cualquier otro Judío, algo poco menos que una blasfemia; ya que durante siglos de humillación nacional ninguna otra convicción había sido tan profundamente grabada en la conciencia de la gente Judía, como su creencia en la absoluta y completa unidad de Dios. De hecho, hasta hoy en día, nada ha probado ser una barrera tan impenetrable a la recepción de la cristiandad por los judíos, como la doctrina de la Trinidad, que les ha parecido que socava al pilar mismo de sus religiones. En estos evangelios encontramos a un Jesús simplemente visto como el mesías (un hombre, enviado por Dios con una misión divina, reconociéndose no tan bueno como Dios, y limitado en conocimiento, autoridad y poder). Esta creencia primitiva sobrevivió tiempo después entre una pequeña secta de cristianos judíos conocidos como Ebionitas. Ellos se separaron prontamente del resto de la Iglesia Cristiana y vivieron una vida aislada al este de Jordania, y hasta el siglo quinto mantuvieron su creencia original en la unidad de Dios y la humanidad pura y el nacimiento natural de Jesús.

Cuando nos remitimos a los escritos de Pablo, apenas una generación después de Jesús, encontramos esta visión simple y natural de Jesús en un proceso de transformación. En las epístolas que llevan el nombre de Pablo (algunas de las cuales sin duda alguna fueron escritas después de su época, pero que reflejan su manera de pensar), y escritas del 53 al 64 D.C. o después, la figura de Jesús comienza a verse más grandiosa. Algunas veces todavía es referido como un hombre, pero más frecuentemente como “Señor” (griego kurios, de kuros: supremacía; supremo en autoridad - Maestro, Dios, Señor); se habla de él como enviado del cielo, donde existía con Dios desde antes de la creación del mundo; se dice que Dios creó al mundo a través de su medio; se hace referencia a él en un sentido divino, aunque subordinado a Dios.

En el cuarto evangelio, ascrito al apóstol Juán, aunque ahora se cree que fue escrito por un cristiano tardío, tal vez cerca del año 125 D.C., encontramos una vista más exaltada de Jesús. Aquí él es identificado con la “Palabra”, o el Logos; y ya que este término juega un parte muy importante en el desarrollo subsecuente de la creencia acerca de Jesús, debe hacerse una pausa para explicarlo.

La concepción aparentemente debe haber surgido como sigue: los filósofos en el primer siglo estaban acostumbrados a pensar de Dios como siendo, en su perfecta sabiduría y santidad, tan superior a este imperfecto y pecaminoso mundo que no se podría suponer a él mismo teniendo nada que ver directamente con la creación del hombre. Pero Philo, un filósofo judío de Alejandría, descubrió en el Viejo Testamento ciertos pasajes que parecían referirse a una especie de Sabiduría personificada, o Palabra o Logos, a través de la cual y como intermediario, Dios había creado al mundo y se comunicaba con el hombre. Le pareció que este Logos servía de puente en el abismo existente entre Dios y el mundo. Al mismo tiempo había también en la filosofía griega de ese período una creencia en la cual un Logos divino, o Razón, estaba manifestado en el universo como una especie de alma del mundo. Estas dos ideas, entonces, una judía y la otra griega, se vieron más o menos mezcladas en el pensar judío y griego al final del primer siglo, y esta idea del Logos se volvió ámpliamente aceptada tanto por los judíos y los griegos como uno de los elementos unificadores en sus enseñanzas religiosas, ya que resolvía para ellos lo que sentían ser un problema religioso crítico, esto es, cómo el hombre pecaminoso podría estar en armonía con el Dios perfecto.

Ahora el gran propósito del autor del cuarto evangelio era el de recomendar la religión cristiana a aquellos que mantenían este concepto del Logos, por mostrarles que el Logos no era otro que Jesús mismo, el fundador de esa religión, que había estado con Dios desde el principio, que había sido su agente en la creación del mundo, y que a la larga había tomado la forma de un ser humano, convirtiéndose así en uno a través del cual el Dios divino y los hombres pecaminosos serían reunidos. La doctrina del Logos en este evangelio fue el punto más alto en el desarrollo de la enseñanza del Nuevo Testamento acerca de Jesús; y aunque algunas veces casi parece que hace a Jesús uno con Dios, en otros pasajes hace claro sin embargo, que era menos que Dios, y derivando todo su ser, y todo su poder y autoridad, de él. Fue directamente de esta doctrina del Logos, sin embargo, que el desarrollo seguido terminó en el siglo cuarto en las doctrinas completamente desarrolladas de la Trinidad y la Deidad de Cristo.