La religión cristiana

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El Desarrollo de la doctrina cristiana
—hasta el Concilio de Nicea, 325 D.C.

En la sección anterior se rastreó el desarrollo de la enseñanza del Nuevo Testamento acerca de Jesús, y se vió que había un progreso contínuo de pensamiento que comenzó por ver a Jesús como verdaderamente humano, simplemente un hombre, y que terminó por verlo como el Logos, en algún sentido divino y poco menos que Dios; aunque no había aún ninguna doctrina de la Trinidad y ninguna creencia en la deidad completa de Cristo. La doctrina del Logos en el cuarto evangelio aportó el gérmen del cual estas doctrinas se desarrollarían en los dos o tres siglos a venir.

Después de que todos los discípulos inmediatos de Jesús habían muerto y la “Era Apostólica” había llegado a su fin con el cierre del primer siglo, siguió por unos siglos lo que se conoce como la “Era de los Apologistas”, durante la cual los cristianos tenían que defender su nueva religión contra los ataques de judíos o de paganos y trataban de probar que era superior a las religiones antiguas. Los escritores que hicieron esta defensa se conocen como los Apologistas. Algunos de sus escritos han llegado hasta nuestros días y forman la literatura cristiana más antigua después del Nuevo Testamento. Ellos mismos fueron los teólogos cristianos más antiguos, tratando de afirmar sus creencias religiosas en una forma sistemática; y por lo tanto sus escritos sirven para mostrarnos como las doctrinas cristianas iban tomando forma. El problema que todos ellos arduamente trataban de resolver para definir la filosofía del cristianismo de forma tal que los griegos educados la pudieran aceptar, era este: ¿cómo era que el Logos (ahora ampliamente aceptado como un elemento fijo en el pensar cristiano) se relacionaba con el Dios infinito y eterno por un lado, y con el hombre Jesús de Nazaret por el otro? Ellos no tendrían la esperanza de ver al cristianismo hacer mucho progreso en el mundo griego hasta que este problema se resolviera satisfactoriamente. Era sin embargo, un problema difícil, ya que cuanto más lo acercaban a Dios, más irreal parecía ser su vida humana; y mientras que más reconocían su humanidad, más alejado parecía estar de Dios. Fueron estos apologistas los que toman los siguientes pasos, dirigiéndose de la enseñanza sencilla del Nuevo Testamento hacia la doctrina de la deidad de Cristo.

  • El mártir Justino había sido un filósofo griego antes de su conversión al cristianismo. Como cristiano escribió a Roma, poco después del año 140, dos apologías y otros escritos en defensa del cristianismo. En éstas él enseña que la Razón divina, o Logos, fue engendrado por Dios, como su unigénito, antes de la creación del mundo. A través de él Dios creó al mundo. Él era una persona distinta a Dios e inferior a Él, sin embargo, él podía llegar a ser adorado como un ser divino. En la persona de Jesús, él se convirtió en hombre.
  • Irineo, que había nacido en Asia Menor, fue como misionario al sur galo, y ahí en el año 178, se convirtió en obispo de Lyón. Escribió un libro contra herejes, en el cual él enseña que el Logos existía antes de la creación del mundo y era el Hijo Unigénito de Dios. El Logos era entonces verdaderamente divino, aunque distinto a Dios e inferior a él; y en Jesús se convirtió en hombre y sufrió como hombre, de forma que llevara a la humanidad más cerca de Dios.
  • Clemente de Alejandría nació en la religión griega, pero después de su conversión al cristianismo se convirtió en el filósofo cristiano más eminente de su época y tuvo gran influencia en el pensamiento de la Iglesia del Este. En obras escritas después del año 190, él enseña que el Logos era en el principio con Dios, y que de alguna forma era Dios y que por lo tanto merecía ser adorado; pero que sin embargo estaba debajo del Padre en rango. En Jesús se volvió hombre para que de él el hombre aprendendiera como puede volverse Dios. Clemente también dió un paso adicional hacia la doctrina de la Trinidad cuando habló del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo como la “Divina Trinidad”.
  • Tertuliano nació en Cartago cerca del año 150 y fue un pagano hasta su edad media; pero después de su conversión al cristianismo se volvió tan influyente en el pensar de la Iglesia de Occidente como Clemente lo fue en la del Este. En sus escritos él enseña que el Hijo (o Logos) existía antes de la creación y fue de una substancia con Dios, aunque distinto y subordinado a él. Nació en la tierra como Jesús; y el Padre, Hijo y Espíritu Santo están misteriosamente unidos en una trinidad (un término que Tertuliano fue el primero en introducir).

Estos cuatro ejemplos son suficientes para mostrar lo que estaba sucediendo en el pensar cristiano durante el siglo posterior a la aparición del cuarto evangelio. Había una tendencia creciente de ver a Cristo como más y más divino, aunque insistiendo en que era menos que Dios. Sin embargo, en esta tendendica había dos peligros. Conforme los teólogos especulaban en cuanto al Logos, ellos perdian más y más el punto de vista del carácter humano de Jesús, y había un temor de que la cristiandad se fuera a encontrar adorando dos seres divinos en lugar de a un solo Dios. Este último temor fue sentido agudamente por aquellos que veneraban la religión del Imperio Romano, en la cual se acostumbraba deidificar y adorar a los emperadores. En contraposición a las creencias que, como se mencionó, empezaban a crecer, una tendencia contraria también se aseguraba y expandía ámpliamente bajo el nombre de Monarquianismo. Los Monarquianistas eran estríctamente monoteístas. Ellos objetaban que si el Padre, Hijo y Espíritu Santo eran todos divinos, entonces el cristianismo tenía tres Dioses; en lugar de eso, ellos insistían que Dios era una persona así como un ser.

Hubo dos personas cercanamente asociadas a este punto de vista opositorio. Uno fue Pablo de Samosata. Él se volvió Obispo de Antioquía en el año 260, la sede más importante en la Iglesia del Este. Él enseñó que aunque Jesús fue originalmente un hombre como cualquier otro, gradualmente se volvió divino y finalmente unido completamente con Dios. Fue acusado de herejía por sus enemigos políticos y teológicos y después de tres intentos finalmente fue destituído de su cargo y excomulgado de la Iglesia, cerca del año 268.

Más famoso aún, aunque se sabe poco de su vida, fue Sabelio, cuya enseñanza resultó atractiva a muchos. Él buscó preservar la unidad de Dios y al mismo tiempo hacer el misterio de la Trinidad más fácil de comprender por enseñar que Dios se manifestó a sí mismo en tres diferentes formas, como el Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero a sus detractores les pareció que esta enseñanza hacía irreal a Jesús, un simple reflejo de otro ser, y fue por lo tanto condenado como hereje, con lo que en Alejandría, cerca del año 260, Sabelio fue excomulgado de la iglesia. El sabelianismo, sin embargo, no se extinguió, ya que ha aparecido en la historia cristiana hasta estos días. No solo los Unitarios han mantenido puntos de vista sabelianos y han sido llamados sabelianos por los ortodoxos, sino Trinitarios exprofesos frecuentemente han dado su explicación de la Trinidad en términos sabelianos, y por ende han sido realmente herejes.

La gran popularidad de estos puntos de vista monarquianistas en el siglo tercero muestran que el movimiento hacia la doctrina trinitaria no fue sin mucha oposición; y Tertuliano se quejaba de cómo en su época la mayoría de los cristianos, siendo ignorantes (de especulaciones filosóficas), aún se apegan a la simple unidad de Dios y son recelosos de la Trinidad.

Después de que el monarquianismo fue suprimido, varios intentos fueron hechos para definir la relación de Cristo con Dios en alguna forma que se evitara el sabelianismo por un lado y el tri-teismo por el otro. Uno de estos intentos fue elaborado en un punto de vista conocido como Arrianismo; el cual ha tenido relaciones tan importantes con el Unitarianismo, y surge tantas veces en el curso de la historia Unitaria, que merece aclararse tanto como sea posible. Cerca del año 318 el Obispo de Alejandría, llamado Alejandro, intentó clarificar el asunto por enseñar que Cristo nunca había tenido un principio, no más que Dios mismo; que él siempre había sido el Hijo de Dios, “engendrado eternamente” por él, y que él era del mismo ser esencial o naturaleza con el Padre. Había en Alejandría un cierto presbítero (sacerdote o ministro) de una de las iglesias parroquiales, llamado Arrio , que se sentía obligado a oponerse a esta enseñanza. Arrio era un hombre de edad avanzada, de carácter serio, agudo en argumentos, extremadamente autonegado en su vida y áltamente respetado en la ciudad por su piedad y su trabajo entre la clase baja. Él insistía que esta enseñanza de Alejandro era simple sabelianismo y que prácticamente significaba una creencia en dos Dioses. Él mantenía, por el contrario, que Cristo no era igual a Dios, sino inferior a él; que él no existió con Dios desde la eternidad, pero que había sido creado por Él antes de la creación del mundo; que él no era de la misma “substancia” que el Padre, sino creado de la nada. Esto fue el arrianismo:

la creencia que Cristo, aunque siendo muy superior al hombre, era todavía menos que Dios; que él fue crado antes de la creación del mundo; y que él era de una naturaleza diferente tanto de Dios como del hombre.

La controversia sobre el asunto se volvió general y duró unos tres años. El obispo en turno le indicó a Arrio cambiar sus puntos de vista; pero Arrio, tal como le escribió a un amigo, dijo que moriría mil muertes antes que asentir a opiniones en las cuales no creía. Acordemente fue destituído de su puesto junto con varios de sus seguidores, fue excomulgado de la Iglesia por un concilio en Alejandría en el año 321, y desterrado de la ciudad “como un ateo”. Tras esto, él viajó ampliamente por Siria y Asia Menor, encontrando a muchos que se unieran a su causa, siendo varios de ellos de gran influencia; y todo el Este pronto se encendió con la controversia. Incluso obtuvo tanto apoyo que pudo regresar a su trabajo en Alejandría, donde había tenido muchos seguidores, aunque esto no terminó el problema. El incendio causado por la controversia estaba ahora fuera de control; y no sólo los obispos sino la gente común estaba peleando a través de muchas de las provincias orientales a tal grado que el emperador mismo se sintió obligado a intervenir. Él envió a sus representantes a Alejandría para que las partes involucradas arreglaran sus pleitos, aunque esto fue en vano. No quedó nada mas que convocar a un concilio general de iglesias por todo el imperio y remitir el caso para su arreglo.

El concilio así convocado para arreglar las cuestiones en disputa en la controversia Arriana fue conocido como el Concilio de Nicea, y fue de gran importancia porque hasta ese momento no había habido nada que pudiera llamarse una doctrina autorizada de la Iglesia. Durante los tres siglos después de Cristo, como se ha visto, había habido en la Iglesia ámplias diferencias en las creencias acerca de él. Había habido una tendencia creciente para darle un grado aún más alto, y alguna enseñanza opuesta a esta tendencia podía aquí o allá ser condenada por algún concilio local; pero ningún estándard de creencia aún había sido adoptado por la Iglesia completa. Esto se hizo por primera vez en el Concilio de Nicea en el año 325.