La religión cristiana

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El Concilio de Nicea y el Desarrollo de la Doctrina de la Trinidad, hasta el 381 D.C.

Cuando Constantino, que tardíamente había abandonado el paganismo por el cristianismo, se convirtió en el año 323 cabeza de todo el Imperio Romano como su primer emperador cristiano, encontró que los cristianos en quienes había contado con apoyo contra sus enemigos paganos, estaban dividos entre sí a través de todo el Este. En su recién fundada capital de Constantinopla sus peleas eran objeto de burla en los teatros. Él inmediatamente percibió que si había de mantener su poder, era de suprema importancia que las facciones de la Iglesia se unieran en armonía una con otra. Sus primeros intentos hacia este fin fallaron (como se vió previamente). Él determinó entonces juntar a los obispos de todo el Imperio para que llegaran a un acuerdo en cuanto a lo que debería percibirse como la verdadera creencia cristiana. Esta reunión fue el primer Concilio General (o Ecuménico), y se llevó a cabo en el año 325 en Nicea, una pequeña ciudad al noroeste del Asia Menor, a unos setenta y dos kilómetros al sureste de Constantinopla.

Los obispos de todas partes del imperio fueron convocados por una orden imperial, y habían de viajar, con los gastos del viaje corriendo a cargo del emperador en caso de que se requiriera, acompañados de dos presbíteros y tres sirvientes cada uno, y ser sus huéspedes. Llegaron prontamente aún de las regiones más remotas, hasta que había más de trescientos obispos reunidos y una compañía de casi dos mil. El emperador mismo inició el Concilio con gran pompa y presidió en persona sus sesiones, que duraron seis semanas. Aunque tenían que discutir asuntos importantes de la creencia cristiana, había muy poco razonamiento calmado sobre los puntos en cuestión, y un espíritu cristiano de paciencia tolerante estuvo claramente ausente. A tal punto se elevaron los ánimos durante los debates, que en ellos se utilizó un lenguaje muy agresivo y se dice que algunas veces se llegó al punto de la agresión física.

El propósito principal del concilio era arreglar la amarga controversia en cuanto a la verdadera doctrina sobre Cristo, y en este punto habían tres puntos de vista diferentes.

  1. Un pequeña minoría eran seguidores estrictos de Arrio, manteniendo que Cristo era en su ser esencial o naturaleza (“substancia”) diferente a Dios. Este grupo fue lidereado en las discusiones por Arrio mismo, que aunque no era obispo, le había sido ordenado especialmente por el emperador participar en el concilio.
  2. Un segundo grupo, formando una minoría más grande, estaba compuesta por los oponentes de Arrio; ellos mantenían que Cristo era del mismo ser esencial que Dios. El líder reconocido de ellos no era su viejo obispo Alejandro, pero un diácono joven en su entrenamiento, de apenas veinticinco años de edad, muy pequeño de estatura, lejos de ser atractivo de apariencia, pero de un intelecto agudo y temperamento feroz, violento en argumentos, devoto apasionado de sus convicciones y por ello, estrecho e intolerante en espíritu. Éste era Atanasio, cuyo nombre mismo se convirtió en sinónimo de ortodoxia inflexible.
  3. Pero la gran mayoría era de un tercer grupo, ocupando una posición intermediaria y sosteniendo que Cristo era de un ser esencial similar a Dios. El líder de este grupo intermedio, que llegó a ser conocido como Semiarrianos, fue Eusebio de Cesárea, quien tenía mucha influencia con el emperador y se entendía que representaba sus puntos de vista.

Tras algunas discusiones, los arrianos, confiados en su victoria, propusieron un credo para ser adoptado; pero éste fue al instante hecho pedazos por una multitud enfurecida de oponentes y desde ese momento en adelante, el punto de vista estrictamente arriano recibió muy poca atención. Eusebio adelantó un credo representando los puntos de vista del grupo intermedio, aprobado por el emperador, y que cuidadosamente evitaba términos ofensivos tanto para los arrianos como para sus oponentes. Los arrianos estuvieron dispuestos a aceptarlo, pero este mismo hecho hizo que los atanasianos sospecharan, con lo que rehusaron absolutamente hacer ninguna concesión o compromiso. El punto principal que se discutía entre los semiarrianos y los atanasianos, era en cuanto a si la naturaleza de Cristo era similar a Dios o era la misma de Dios; y como ésto se redujo prácticamente a una controversia sobre las dos palabras griegas correspondientes, homoi y homo, cínicamente se ha dicho que toda la Iglesia cristiana, por medio siglo e iniciando con este concilio, luchó y se distrajo por la letra más pequeña del alfabeto.

Viendo el emperador cuan poco cediente estaba el grupo atanasiano, se dio cuenta que ningún acuerdo podría alcanzarse en terrenos intermedios; así que aparentemente pensando que la paz y la armonía en su imperio eran de mayor importancia que esta o aquella doctrina, dio todo su apoyo a los atanasianos. Éstos presentaron entonces un credo completamente opuesto a la visión arriana; la mayoría pronto cedió, aunque no sin renuencia, a lo que fue adelantado como un deseo del emperador, con lo que casi todos firmaron el credo. Los arrianos al principio se rebelaron, pero al final todos cedieron exceptuando dos, los cuales fueron exiliados junto con Arrio. Los libros de Arrio fueron quemados, el poseerlos se declaró crimen capital y sus seguidores fueron declarados enemigos de la cristiandad. Ésta fue la primera instancia en la historia cristiana de requerise una suscripción a un credo y la primera de varias instancias trágicas del gobierno civil castigando herejes por no aceptar la creencia de la mayoría.

El credo así adoptado se conoce como el Credo Niceno, el más importante de los tres grandes credos del cristianismo antiguo y el único reconocido por toda la Iglesia cristiana. No estableció la doctrina de la Trinidad, pero dio un largo paso en esa dirección por definir permanentemente la discutida cuestión sobre la deidad de Cristo al declarar que él era de la misma substancia con Dios. Esta fue en lo sucesivo, la docrina ortodoxa, fortificada no solo por el voto del concilio como la voz de toda la Iglesia, pero también por la autoridad imperial como siendo virtualmente la ley del imperio. Hasta hoy en día, permanece como la doctrina ortodoxa en toda la cristiandad, pero es instructivo notar como vino a ser así: por un voto mayoritario de personas que realmente preferían otro punto de vista, pero bajo la fuerte presión del emperador eligieron ésta en aras de la paz y la armonía, y para escapar de su disgusto. El credo puede por supuesto ser verdad en cuanto a lo que establece; pero si las convicciones reales de la mayoría se hubieran expresado, la creencia ortodoxa no hubiera sido lo que es actualmente, sino el arrianismo, con lo que el enviado al exilio, con sus libros quemados y sus seguidores declarados enemigos del cristianismo, hubiera sido Atanasio.

El concilio se dispersó y los obispos siguieron sus caminos; pero la gran cuestión por la que se habían reunido se había resuelto sólo en apariencia. A pesar de haber firmado el credo para complacer al emperador, muchos de ellos siguieron con su misma opinión. Aunque aparentemente derrotado en Nicea, el arrianismo, o algo similar, siguió siendo popular en la mayor parte de las iglesias del Este, y fue activamente promovido por mucha gente de influencia. El emperador mismo al sentir la fuerza de esta influencia comenzó a titubear. Persuadido por su hermana Arriana y Eusebio, retiró a Arrio del exilio en el año 335 y lo exentó de herejía. Estaba Arrio a punto de ser solemnemente reestablecido en la Iglesia en Constantinopla al siguiente año, cuando repentinamente falleció.

Atanasio entre tanto, habiendo sido elegido obispo de Alejandría tras la muerte de Alejandro en el año 328, había llevado las cosas a tal extremo que había provocado una oposición muy encarnada; así que él mismo fue desterrado en el año 336 como perturbador de la paz de la Iglesia, y fuera de los cuarenta y seis años tormentosos de su oficio, permaneció veinte en exilio, siendo sucesivamente desterrado y reinstalado no menos de cinco veces. El asunto completo de la doctrina volvía a estar abierto a discusión. Un concilio local tras otro se juntó en diferentes partes del imperio; credo tras credo fue propuesto por un grupo u otro. Tras la muerte de Constantino en el año 337, las consideraciones políticas se inmiscuyeron y la teología de las iglesias reflejaba las opiniones ya fueran del emperador o de la corte. Durante la mayor parte del tiempo, cuarenta años, los emperadores arrianos estuvieron en el trono en el Este, y los arrianos hicieron sus persecusiones tan intolerantemente como siempre lo habían hecho sus oponentes. El Oeste permaneció constantemente ortodoxo; pero en el Este una versión modificada del arrianismo se hizo casi universal bajo Constancio, emperador del año 337 al 361, y a la larga él apremió a los concilios del Oeste a virtualmente aceptar esta, tal como Constantino había forzado el punto de vista Atanasiano en el Concilio de Nicea. Incluso, dos de los Papas de Roma fueron forzados por un tiempo a darle una adherencia nominal (aunque sin mucho efecto en la Iglesia Occidental); y aunque el Credo Niceno nunca fue abolido por un concilio general, el arrianismo fue por algún tiempo la religión apoyada en todo el imperio.

Fue esta misma integridad de su victoria lo que llevó al arrianismo a su caida, ya que los arrianos empezaron a pelear entre ellos mismos. Bajo el fanático emperador Arriano, “Valens” (364-378), la intolerancia de los arrianos extremos llevó a los semiarrianos a unirse a los ortodoxos, y cuando el emperador Teodosio llegó al trono, habiendo sido educado bajo el dogma ortodoxo, determinó poner punto final a estas controversias. Tras su bautismo en el año 380, emitió un edicto en el que todas las naciones en el imperio deberían adherirse a la religión católica (esto es, la ortodoxa), creyendo en la Trinidad como una deidad igual al Padre, Hijo y Espíritu Santo. Todas las demás las marcó como herejes y los amenazó con castigos severos. Expulsó a los arrianos de Constantinopla, los privó de sus iglesias y les prohibió llevar a cabo adoraciones públicas.

El siguiente año, para dar a su acto la ratificación de la ley eclesiástica, Teodosio convocó el segundo concilio general en Constantinopla. En este concilio un nuevo credo fue propuesto, el cual completaba la afirmación de la doctrina de la Trinidad por agregar un artículo sobre el Espíritu Santo. Este tema apenas había sido mencionado en el Credo Niceno, pero ahora había sido por un tiempo ámpliamente discutido y se había vuelto de importancia esencial. En la nueva forma del Credo, por lo tanto, la deidad del Espíritu Santo fue adoptada (no sin gran oposición) como parte de la doctrina ortodoxa de un Dios en tres personas; y por ende la doctrina de la Trinidad llegó a ser acogida como la doctrina central de la creencia cristiana ortodoxa. Se le dió aun más definición en el notable documento conocido como el Credo Atanasiano.

El arrianismo fue finalmente proscrito en el imperio romano. Su caida fue rápida. Fue eliminada en el Oeste en el año 388 y de ahí sobrevivió sólo entre naciones bárbaras. Puesto que los Godos, los Vándalos, los Lombardos y los Burgundianos habían sido originalmente convertidos al cristianismo Arriano, éste no se extinguió entre ellos sino hasta fines del siglo sexto. Individuos aquí y allá pueden aún mantener puntos de vista arrianos, pero como movimiento organizado pereció. En épocas modernas a los Unitarios frecuentemente se les ha llamado arrianos y algunas veces han mantenido puntos de vista arrianos; pero ellos no han tenido conexión histórica con los arrianos del cuarto siglo. Los Unitarios también frecuentemente han tenido un sentir de afinidad con esos primeros herejes, aunque sea tan sólo porque ellos estuvieron en contra de la doctrina ortodoxa de la Trinidad. Sin embargo, si ahora fuera forzoso escojer entre estas dos, la doctrina de Atanasio parecería menos objetable que la de Arrio. Este último dejaba un vacío muy grande entre Dios y hombre; y su Cristo, ni siendo Dios ni hombre, no hizo nada para unirlos. Las necesidades de la religión fueron mejor servidas por el enfoque de Atanasio, y fue mejor para la cristiandad que esa prevaleciera.

Toda la controversia fue realmente una entre teólogos especulativos. La gran masa de gente no podía haber tenido un entendimiento real de ello. Ellos podrían preferir la doctrina de Atanasio porque ella parecía dar más honor a Cristo que la que ofrecía Arrio, pero las discusiones finas de los credos no las comprendieron. El resultado desafortunado fue, y aún permanece, que las doctrinas cristianas llegaron más y más a verse por la gente como misterios a no ser entendidos, ni siquiera cuestionados, pero sencillamente tomados como artículos de fe bajo la autoridad de la Iglesia. No se suponía que los hombres razonaran sobre la religión. Fue en este estado, cuando las mentes de los hombres comenzaron a emanciparse, que en el siglo sexto surgió el Unitarianismo con su demanda insistente por libertad de pensamiento y el uso de la razón en la religión. Hubieron sin embargo, otras cuestiones a ser arregladas antes de que el sistema de creencias ortodoxas fuera completado.