La religión cristiana

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La terminación de la teología ortodoxa
—hasta el 451 D.C.

El capítulo anterior mostró cómo la controversia arriana condujo a dos resultados primordiales. Estableció la doctrina de la deidad de Cristo en el Concilio de Nicea, y aquella de la Trinidad en Constantinopla. Había durado unos sesenta años y ahora podría esperarse que la Iglesia tendría paz; mas no fue así. El credo aceptado dejó abiertas muchas más cuestiones de las que había arreglado; así que casi inmediatamente una nueva controversia se produjo, durando ésta setenta años más. No solamente ésta fue más larga, sino mucho más violenta que la anterior. La discusión que en el período previo había comenzado con Cristo y terminado con Dios, ahora regresaba de nuevo a Cristo. La nueva cuestión era con relación a las naturalezas humana y divina en él. Ninguna autoridad había arreglado este asunto aún, y nadie había pensado en la respuesta a ello. Pero cualquiera que lo deseara podía adivinar, ofreciendo un campo sin fin para la especulación hasta que alguna definición se encontrara con la que se pudiera, en forma global, estar de acuerdo. No hay forma de decir cuánto podría haber durado, si no hubiera sido por instituciones como los concilios generales, para decidir que opiniones debían mantenerse como la verdad cristiana, y cuales como no-cristianas, sino excluídas de la Iglesia y castigadas por el estado según ameritara el caso.

La cuestión ahora discutida era esta: Siempre se había tomado por hecho que Cristo había vivido en la tierra como un ser humano y por ende tenía una naturaleza humana. Ahora el Credo de Nicea volvía necesario creer también que él era un ser divino y que por ello tenía una naturaleza divina. Pero cómo podían estas dos declaraciones aparentemente contradictorias ser verdad en una persona? Así, la discusión fue de un extremo a su opuesto, ya que ningún punto de vista intermedio parecía posible.

Será suficiente con simplemente dar un delineamiento breve de esta larga historia:

Primero vino Apolinar, Obispo de Laodicea en Siria, que en la época del Concilio de Constantinopla estaba enseñando que las dos naturalezas de Cristo eran tan similares como para no ser distinguibles una de la otra: su naturaleza divina era tan humana y su naturaleza humana tan divina, que prácticamente no había ninguna diferencia entre ellas. Pero el resultado de este punto de vista era que entonces él no parecía haber sido realmente un ser humano. A la larga, Apolinar se retiró por sí mismo de la Iglesia y así escapó al juicio y castigo por hereje, aunque su doctrina fue condenada por varios concilios.

Algunos de sus seguidores, continuando su doctrina, llegaron a la conclusión de que ya que Cristo era tan completamente divino, María tenía que ser llamada la Madre de Dios, y esta idea fue ámpliamente aceptada. Otros pensaron que esto era una blasfemia absurda. En oposición a ello, Nestorio, que era metropolitano (obispo jefe) de Constantinopla en el 428, enseñó que las dos naturalezas en Cristo eran perfectamente distintas, así que María era madre sólo de la naturaleza humana en Cristo. La gente ideó que él estaba entonces negando al Cristo que adoraban, por lo que lo insultaban en la calle. Por otro lado, Cirilio, patriarca (obispo jefe) de Alejandría, yéndose a un extremo opuesto, enseñó que en Cristo las dos naturalezas estaban completamente unidas; y deseando por razones personales humillar a Nestorio, utilizó su influencia para convocar el tercer concilio general, en Éfeso en el año 431. Los obispos de ambas partes llegaron armados como si a una guerra, acompañados de una multitud de seguidores; las juntas fueron turbulentas y con los ánimos exaltados; pero el propósito del Concilió se llevó a cabo y poco después se declaró a Cristo ser Dios perfecto y hombre perfecto, teniendo dos naturalezas unidas una con la otra. La enseñanza de Nestorio fue condenada, y él fue enviado al exilio, donde unos años más tarde murió miserablemente en alguna parte remota de Egipto. Su doctrina sin embargo, se expandió ampliamente en el lejano Oriente, y una secta de Nestorianos existe todavía entre cristianos de Armenia y la India.

Luego vino Eutiques, un viejo jefe abad de Constantinopla, quien comenzando con esta nueva doctrina ortodoxa de que en Cristo estaba la unión de dos naturalezas, la llevó más lejos por enseñar que en esta unión la naturaleza humana estaba completamente absorbida dentro de la divina; por lo que él no tenía un cuerpo humano, sino solo uno divino; de tal forma que se sigue que era Dios mismo quien había nacido en Belén, sufrido, y muerto en la cruz. Esta doctrina extraordinaria, junto con su maestro, fueron al momento atacados con gran violencia en Constantinopla; Eutiques fue destituído y su doctrina condenada en un concilio local. Pero él tenía amigos poderosos en la corte, por lo que el siguiente año un cuarto Concilio General fue convocado a su favor en Éfeso en el año 449, donde bajo las amenazas y coerción del emperador, su doctrina fue aprobada como ortodoxa, e incluso el Papa Leo de Roma, quien se había opuesto a él, fue excomulgado por haberlo hecho. Qué tipo de concilio fue éste, y cuánto de su opinión en un punto de la doctrina cristiana fue significativo, puede ser juzgado del hecho de que durante el proceso de la discusión se dice que uno de los obispos fue golpeado y pateado de tal forma, que murió, y que desde entonces este concilio se conoció como el “Concilio del Robo”.

Ahora vino una reacción. Un nuevo Emperador llegó poco después al trono, y en su primer año convocó un quinto concilio general, en Calcedonia, a través del Bósforo de Constantinopla en el año 451. Éste fue el último de los grandes concilios para definir las directrices de la doctrina en la Iglesia temprana, y fue el más importante de todos excepto por el de Nicea. A éste asistieron quinientos o seiscientos obispos, y como siempre sucedía en estos concilios, estuvo desordenado y lleno de gente; pero, forzado una vez más por las amenazas del emperador, se realizaron tres acciones importantes:

  1. anuló las acciones del Concilio del Robo;
  2. reafirmó el Credo de Nicea según su revisión en el Concilio de Constantinopla;
  3. y definió permanentemente la ya larga controversia concerniente a las dos naturalezas de Cristo.
La forma en que se las ingeniaron para hacer esto es muy interesante. Algunos habían estado diciendo, como ya se vio, que Cristo tenía dos naturalezas separadas, mientras que otros habían estado diciendo que tenía sino una naturaleza. Ahora el Concilio de Calcedonia se deshizo de esta contradicción por simplemente expresar estas dos definiciones opuestas al mismo tiempo, y solo en el segundo caso substituyó la palabra naturaleza por la palabra persona. Declaró que Cristo tenía dos naturalezas distintas, y que éstas estaban unidas en una persona, haciéndolo así un Dios-hombre, ambos divino y humano. El emperador entonces sintetizó esta doctrina en una ley y ordenó a todos los Eutiquianos desterrados del imperio. El Emperador Justiniano un siglo después ratificó e incluyó en su Código de Ley Romana los decretos de los cuatro Concilios Generales. Esta doctrina acerca de la persona de Cristo, complementando aquella de la Trinidad, también fue incluída en el Credo Atanasiano y ha sido generalmente aceptada por el Protestantismo ortodoxo.

Sin embargo, incluso ahora la cuestión no desaparecería. Había todavía aquellos quienes insistían que Cristo tenía sino una naturaleza, por lo cual fueron llamados Monofisitas. Sus contensiones distrajeron la Iglesia del Este por un siglo más, e incluso hoy existen como una secta separada en Siria, Armenia y Egipto; como también lo hacen los Monotelistas, así llamados porque insistían, un siglo más tarde, que aunque Cristo tenía dos naturalezas sólo tenía una voluntad. Sin embargo ambas herejías fueron debidamente condenadas y los ecos de la controversia finalmente desaparecieron.

Así, la teología ortodoxa en cuanto a Dios y Cristo fue terminada. Veamos ahora en forma resumida los pasos graduales que desarrollaron sus doctrinas.

  1. Los tres primeros Evangelios hacen a Jesús el Mesías, aunque hombre.
  2. Pablo hace a Jesús un hombre, pero uno elevado por Dios a una posición única en el universo.
  3. El Evangelio de Juán hace a Cristo el Logos, subordinado a Dios, no obstante compartiendo su divinidad de alguna forma.
  4. Los Padres del segundo y tercer siglo oscilan entre la simple humanidad y la completa divinidad de Cristo.
  5. El Concilio de Nicea hace a Cristo de la misma naturaleza esencial con Dios.
  6. El Concilio de Constantinopla une al Padre, Hijo y Espíritu Santo en una Trinidad.
  7. El Concilio de Éfeso hace las dos naturalezas de Cristo no distintas pero unidas.
  8. El Concilio de Calcedonia hace estas dos naturalezas unidas en una persona.

La doctrina ortodoxa en breve fue esta: que el único Dios existe en tres personas y que una de estas personas tiene dos naturalezas.

La gran controversia que hemos estado siguiendo y que convulsionó religiosamente a la Iglesia cristiana en desarrollo y al políticamente declinante Imperio Romano, por poco más de cientotreinta años, puede parecernos como una controversia no de entidades vivientes, sino de meras palabras. Las soluciones alcanzadas en Nicea y Calcedonia pueden parecernos meras soluciones verbales que dejan la cuestión, después de todo, prácticamente donde estaba al inicio. No debemos olvidar, sin embargo, que para muchos cristianos de los siglos tercero y cuarto estas lucieron como asuntos supremamente vitales, involucrando la misma esencia e incluso la existencia permanente, de su fe cristiana; ya que toda esta lucha tuvo también su lado religioso profundo y expresó un propósito serio y sincero en muchos corazones

El carácter y métodos de los concilios que establecieron estas doctrinas no son, es verdad, calculados para motivar gran reverencia por su carácter cristiano, ni mucho respeto por sus opiniones; mientras la interferencia repetida del poder civil para enforzar decisiones de doctrina en su propio interés fue tan corrupta como pudo serlo. Sin embargo los cambios de pensamiento que hemos notado no merecen del todo ser llamados, como frecuentemente se ha dicho, “corrupciones del cristianismo”. Nadié intentó, o deseó, “corromper” la fe cristiana. Fue, de hecho, un cambio vasto de la religión simple del sermón de la montaña y las parábolas de Jesús a la teología de los Credos Niceno y Atanasiano; todo el énfasis cambió de una religión del corazón y vida a especulaciones abstractas de la cabeza. Sin embargo, cuando hemos hecho todas las deducciones de las intrigas políticas y las envidias crueles y las ambiciones sin escrúpulo que frecuentemente las acompañaron, encontramos en el fondo de estas controversias un deseo serio y honesto en las mejores mentes para declarar la teoría de la nueva religión cristiana en términos que el culto viejo mundo del pensamiento Griego pudiera aceptar, ya que al principio del cuarto siglo la Iglesia cristiana estaba en gran peligro de derrumbarse a menos que pudiera establecer un lugar para sí en la civilización Griega, que todavía hacía el pensar del mundo; y el movimiento que hemos estado siguiento probablemente salvó el cristianismo para el mundo Griego y Romano.

El desarrollo de las doctrinas de la Trinidad y la Deidad de Cristo debe por lo tanto haber tenido un profundo interés para cualquiera que siga la historia de la Iglesia cristiana en los días de su conflictiva joven vida. Poco sorprendente que después de esta lucha de vida o muerte sobre ellas estas doctrinas tenían que haberse guardado como el alma misma de la fe cristiana, de tal forma que cualquiera que dudara o la negara parecería como estar disparando al corazón no meramente de la ortodoxia cristiana, pero incluso de toda la religión, y siendo poco menos que un ateo. Este sentir se enraizó profundamente en las mentes de los cristianos en todo el mundo; y se intensificó por leyes que hacían de la herejía un crimen terrible. Nos ayudará a entender por qué en tiempos posteriores aquellos que, después de comparar los Credos con sus Nuevos Testamentos, y llegaron a preferir la creencia simple en la unidad de Dios y la humanidad de Cristo a los misterios de la Trinidad y el Dios-hombre, se les vió como enemigos mortales de la cristiandad y como merecedores de los castigos más extremos. Dará una pista a la corriente de persecución que fluye a través de toda la historia del Unitarianismo, y lo hace trágico con los sufrimientos de confesores y la sangre de mártires.